Notas y Pensamientos
Nuestro sentido - por el Dr. Ricardo Vanella
A través de la claraboya de estos días, realmente impresiona ver tanto comportamiento anormal y extremo en los individuos, casi como fotocopiado de un videojuego sanguinario o de un film de terror, con el público-protagonista bañándose en el eterno y mastuerzo océano de Blá-Blá. La pregunta que surge, inevitable, es la siguiente: ¿Por dónde ingresó tamaña locura en la gente?
En este torbellino sin escalas, no prestamos atención -excepto en caso de alguna afección- a nuestros sentidos: vista, oído, tacto, olfato y gusto. Son cinco avenidas sensoriales, cinco puertos de entrada de información (de informar, "dar forma") que penetra e influye en nuestro comportamiento individual y social.
En un entorno de sobrestimulación que violenta los sentidos, el equilibrio humano se desarticula, la personalidad se altera, la inteligencia (del latín "entender") se debilita, y se potencia el fenómeno de egocentración, esa suerte de autismo enardecido ya descripto tiempo atrás por Ortega y Gasset. Del desequilibrio mental a cometer disparates, puede haber un trecho muy breve.
El órgano de la vista -principal puerto de entrada al cerebro en nuestros días- nos impulsa naturalmente a desear aferrar, aunque figuradamente, los modelos que se nos exponen. Al ser éstos inalcanzables en su mayoría, producen una subyacente sensación de frustración que desemboca en estados de ánimo de oscilación e inestabilidad casi constantes.Agreguemos a ello, por ejemplo, la chillona apología que se formula diariamente acerca de la sexualidad -que según Freud y otros, tiene una afinidad directa con los sentidos de la vista, el tacto y el gusto- y obtendremos esa inquietante mezcla de improductiva agitación de nuestros días.
Ni oído, ni olfato, ni tacto, ni gusto, ni vista, se conceden descanso; ellos se encuentran activos por default. En un sistema estridente, el desequilibrio se derrama sobre los sentidos en muchas formas: desorganización, confusión, incumplimientos generalizados, intolerancia, escándalos, incertidumbre, expresiones exacerbadas, adicciones, violencia y, sobre todo, mucho, pero mucho volumen.
La cuestión de la inseguridad se nutre también de este frágil escenario y no vale la pena rasgarse las vestiduras; queriendo o sin querer, el martilleo constante de sobreexitación termina aturdiendo y -tarde o temprano- su puño ayuda a noquear valores y virtudes.
El prolongado retroceso que vive nuestro país, ¿tiene acaso algún nexo con ciertos estímulos como la falta de higiene civil e institucional, la contaminación visual y auditiva, el amargo sabor de sueños truncados por malas gestiones, el tufillo de una historia llena de asuntos irresueltos?
El griterío de viejos clichés, los malos modales, la vulgaridad como base del entretenimiento, la esconfianza y los prejuicios como aproximación al análisis, el discernimiento simplificado hasta la infantilidad, el alarido como lenguaje político, la burla como instrumento de diversión, la deshonestidad como sinónimo de destreza, la confrontación de todos contra todos como estado permanente, ¿son la consecuencia, la causa, o ambas? ¿Es un sistema que se retroalimenta "para abajo", insumiendo, procesando y engendrando mediocridad? Quizás nadie pueda dar una respuesta precisa, pero tampoco se puede negar la legitimidad de la pregunta.
Es imposible diseñar e implementar estrategias en una sociedad que carece de un grado mínimo de estabilidad y aplomo. Aquí el diálogo no es franco, ni fácil; tal vez desde hace rato ni siquiera haya diálogo propiamente dicho y, entre tanta gresca y alboroto psico-político-económico-mediático, es comprensible la dificultad para consensuar mínimos y básicos objetivos de breve, mediano y largo plazo.
El planeta está transitando por tiempos de cambio que, como muestra la historia, potencian tanto amenazas como oportunidades. Son momentos propicios para replantearse el rumbo y para emprolijarse un poco, a condición de contar con esa pizca de templanza y sosiego que está faltando. En épocas tan complicadas de la humanidad, las cosas suelen suceder, más o menos, del siguiente modo: el país que sabe organizarse, sale fortalecido; el que no, vaya a saber si al fin de la temporada conserva siquiera su nombre de origen.
Más allá de nuestro repetido y estacional desconcierto local, la realidad está mostrando fuertes sacudones en todo el mundo, en la antesala de nadie sabe exactamente qué, ni cuándo. Para nuestra propia conveniencia nacional, sería provechoso bajar un poco el ruido -desde todos los ángulos posibles y en todos los ámbitos- para analizar nuestros sentidos, el sentido de los nuestros y el de nuestra sociedad; y consensuar, finalmente, las decisiones básicas para equilibrar la República Argentina.
Nadie puede tirar la primera piedra, ni tampoco puede exigir que, de repente, todos se conviertan en santos. Pero no seamos giles y actuemos en nuestro favor, que quizás todavía estemos a tiempo.
No ha de ser el argentino tan inferior, ni tan distinto; casi con alivio estamos aprendiendo, en este último período, que no tenemos el monopolio del error y que, finalmente, "en todo el mundo se cuecen habas".
Tratemos de evitar, entonces, que este trágico festival bochinchero termine consagrando a las otrora dignísimas Provincias Unidas del Sud, como Sede Oficial de la chaucha recocida.
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